En Defensa de los Milennials (3/6)
Cuando hablamos del problema del empleo o analizamos sus condiciones, solemos hacerlo desde el aspecto cuantitativa, es decir: cuál es la tasa de desempleo, cuál es la tasa de ocupación, el salario mínimo o el porcentaje de trabajo formal/informal.
Poco o nada se habla del aspecto cualitativo del trabajo. Pero creo que es fundamental hacerlo, sobre todo cuando se habla del empleo juvenil. Principalmente por la sencilla razón de que es la actividad a la que más tiempo le dedicamos en el esquema de organización de nuestras sociedades.
En la primavera del 2013, le pidieron a David Graeber un ensayo para publicarse en la revista strike, la principal condición era que causara polémica y pusiera el dedo en la llaga de algún problema social del que poco se haya hablado, pero que a todos nos concerniera. Tituló su ensayo trabajos de mierda. La tesis fundamental –de la que después saldría un libro- era que en las sociedades modernas hay infinidad de trabajos inútiles, que de no existir no se resentiría su ausencia. Y ahondaba en los efectos psicológicos que hay en un individuo, que en alguna parte de su conciencia saben que su trabajo es patético, innecesario y en nada contribuye a mejorar la sociedad en la que viven.
Perez Islas, uno de los pocos investigadores que estudia la condición juvenil en México al abocarse a estudiar el empleo llegó a una conclusión similar: las condiciones del empleo juvenil no permiten que el individuo obtenga su sentido de vida a través de este, a pesar de que nuestra ocupación es algo elemental al momento de construir el sentido de nuestra vida. Digamos pues, que la mayoría de las y los jóvenes tienen trabajos de mierda, que en nada se parecen a su vocación o incluso a su formación universitaria.
Lo que resulta curioso es que el esquema de formación universitaria está basado en el supuesto de formar a jóvenes que adquieran conocimientos y habilidades que se requieren en el mercado laboral. De ser así ¿por qué hay jóvenes haciendo labores para las que no fueron formados? ¿es únicamente un problema de falta de espacios? ¿no es más bien de falta de pertinencia y de que estamos formando a jóvenes para un mundo laboral que no existe?
Otro aspecto fundamental y también de orden cualitativo, son las condiciones en las que los jóvenes hacen su trabajo. Las dinámicas laborales en las que se desempeñan fueron creadas hace más de 60 años. Nuestros jefes o los creadores de muchas empresas o nos doblan la edad o ya perecieron. Esto representa un problema porqué están lejos de entender la realidad en la que vivimos. El jornal de ocho horas (como mínimo) y el trabajo de 6 días a la semana lo creo alguien que no vivía en las grandes urbes de hoy, tampoco con los precios que hoy vivimos, ni con las amenazas a la salud física y mental que hoy existen. Digamos pues, que eso de trabajar como trabajamos está descontextualizado, fuera de lugar. Y si quizás, algo bueno dejó esta pandemia una de esas cosas fue eso: el trabajo soporta la distancia, no tiene caso estar supeditando a las personas a una oficina. Deben empezar a analizarse dinámicas alternativas para el trabajo.
Ahora, no puede hacerse de lado la parte cuantitativa del trabajo. Sobre todo en medio de la pandemia, donde la pérdida de empleo afectó principalmente a los jóvenes. La mayoría de los empleos perdidos fueron en mexicanos menores de 35 años, algo así como 755 mil jóvenes. Se cumple esa sentencia de Forrester, cuando aseveró que los jóvenes enfrentan una especie de posmarxismo: si nuestros padres fueron explotados para el trabajo, nosotros ya ni siquiera tenemos la oportunidad de serlo.
Y las oportunidades institucionales que ofrecen se reducen a $3600 al mes, mientras estás relegado a “capacitación” ¿eso es lo que queremos? ¿en verdad es lo único que tienen para ofrecernos?
Alfredo Brambila. Licenciado en Políticas Públicas. Campeón nacional y estatal de debate y oratoria. Ensayista. Director de Comunicación Social de la SEPYC.
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