“Todo mundo debería de ser policía al menos un día en su vida para que entendiera lo jodida de esa labor”. Ruben Fonseca.
Esto sucedió en la protesta realizada el 4 de junio en Jalisco tras el asesinato de Giovanni López. Lo que esta imagen dice es que un manifestante está prendiéndole fuego a un policía. Pero lo que no dice, es que además de incendiar a un policía, también está incendiando a un padre, a un hijo, a un hermano, a un esposo o quizás a un abuelo. Que son, muy probablemente, todos los roles que el desempeña. También que esas llamas se extienden hasta su futuro mortal más lejano, en el que más de una vez se verá asaltado por el cuestionamiento: “¿cómo se hizo esas cicatrices?”
¿Cuál fue su error que lo llevó a pagar esa penitencia? Ser policía en el contexto de una sociedad que pierde de vista las excepciones y que por tanto replica indiscriminadamente discursos: todos los policías son malos, corruptos y peligrosos.
No podemos negar que la actuación de nuestras corporaciones tiende a estar alejada de la que nos gustaría, que el caso de Giovanni es lamentable, que el desempeño de nuestros policías ha contribuido a la desconfianza, ¿pero su actuación es así únicamente porque nuestros policías son malos, corruptos y peligrosos?; ¿hay otras maneras de entender o explicar sus actuaciones? ¿realmente es mejor quemarlos y no tenerlos?; ¿son necesariamente victimarios o más bien víctimas de la escasez?
Mucha de las explicaciones al actuar de nuestros policías se encuentra en la escasez de infraestructura. Muestra de ello es que al menos el 86% de nuestros policías a nivel nacional reporta haber comprado material de apoyo o protección con sus propios recursos, ¿se imagina a un médico comprando jeringas o material de intervención con su propio sueldo?; ¿o a un conductor de ambulancia cargar combustible con lo que le entregan de su quincena? ¿o a un chofer de transporte público cargar diésel o gasolina con su salario? Incluso, más sorprendente aún al menos el 5% de nuestros policías a nivel nacional reconocer haber tenido que conseguir por cuenta propia municiones, armas o accesorios para su armamento (INEGI. 2018)
Una de las grandes críticas al actuar de nuestros policías reside en su capacidad de actuación: “llamamos al 911 y nunca vienen”, “tardan dos horas en venir”. Bueno, no es porque no les interese o que les dé pereza subirse a la patrulla y manejar hasta donde los están necesitando. En realidad, tiene que ver con una insuficiencia de personal. El Modelo Óptimo de la Función Policial establece que para que nuestras corporaciones tengan un actuar eficiente se requiere al menos 1.8 policías por cada mil habitantes. Por tanto, deberíamos tener alrededor de 225 mil policías estatales, la realidad es que solo tenemos 122 mil. Nos falta prácticamente la mitad de nuestros policías. Los que tenemos no se dan abasto.
Muchas lecciones podrían sacarse de esta situación: lo dañino de los discursos extremistas, lo peligroso de juzgar sin conocer, lo injusto de la labor policial, pero considero importante tres: son más importantes y necesarios los discursos conciliadores que los incendiarios; debemos apelar a la compresión de los problemas antes que el desquite o la repetición de lugares comunes; asegurémonos que a quien le entregaremos nuestro respaldo político tenga idea de que hacer con la seguridad de nuestro país, estado o municipio, que demuestre conocer las condiciones de nuestras corporaciones. De no ser así, la seguridad seguirá empeorando y el descontento con nuestros policías aumentará.