A Costa Rica la conocen por la ciudad de las tres mentiras porqué no es ciudad, ni es costa ni es rica.
Personalmente preferiría que se conociera por su historia. Me parece más inquietante y digna. Costa Rica nació junto a su ingenio. Sus primeras viviendas fueron casas de campaña que el gobierno estadunidense donó al terminarse la segunda guerra mundial. A pesar de que ahí se construía algo fundamental para la industria del país (un ingenio azucarero) y un referente tecnológico las actividades más fundamentales, como vaciar la vejiga o los intestinos era algo totalmente rupestre. Todas las mañanas un señor en una carreta –que era jalada por un burro- pasaba por cada una de las casas de campaña a recoger los desechos del día para después ir a tirarlos a las orillas.
También personalmente preferiría que fueran mayores las noticias que nos posicionan como un semillero de buenas cosas: deportistas que son campeones mundiales o nacionales, personas que destacan en múltiples actividades (política, oratoria, debate, música, medicina, negocios). Honestamente no sé si estas noticias sean mayores que las que nos llevan a ser mencionados casi todos los días o varios días a la semana. Estos días hemos sido noticia porque somos la sindicatura que más contagios de COVID-19 ha presentado. Nos han dedicado reportajes donde narran que aquí la pandemia no existe, ni se teme, ni se cree ni se conoce.
Pero antes del COVID-19 también aparecíamos constantemente (seguimos apareciendo) por ser protagonistas de historias como estas: “muere familia en Costa Rica tras accidentarse”, “joven de Costa Rica pierde la vida en accidente automovilístico”, “grave accidente en la entrada de Costa Rica. Mueren dos”. En la mayoría de los hechos de esta naturaleza se presenta una combinación mortal: alcohol y exceso de velocidad.
También, en la mayoría de estos las víctimas son jóvenes que no han superado los 30 o los 25 años de edad. Compañeros de generación que las personas a su alrededor han normalizado el consumo de alcohol frecuente, diario o cada fin de semana. Como muchos de ellos han decidido que los espacios para el esparcimiento, la convivencia o la diversión sean ocupados por el alcohol.
El problema no es que se beba. Sino las formas en las que se bebe. No se contempla la diversión sin alcohol, existe un orgullo al momento de afirmar “yo tomé más” o “me acabé varias charolas” o “tenemos tres días tomando” los fines de semana en lugares como Costa Rica se hicieron para tomar. El que no toma o toma poquito es el anormal o el raro.
Por fortuna, aún no hemos normalizado que se mueran quienes apenas empezaban a vivir. Nuestras redes se inundan de lamentaciones y nos invade la sorpresa, pero paradójicamente si hemos normalizado que nuestra juventud inicie el recorrido por la senda de la autodestrucción a través de una relación totalmente destructiva y dependiente con el alcohol.
Ante esto, creo que hay dos lecciones o aprendizajes importantes que debemos tener. Recuerdo que en alguna ocasión alguien me dijo: “en lugares Costa Rica para no morirte de aburrimiento o te tienes que hacer borracho o te tienes que hacer loco”. Es verdad. En Costa Rica las condiciones para el aprendizaje, el desarrollo y el esparcimiento son muy limitadas. Debemos reconocer que necesitamos otras opciones, empezar a demandarlas, pero sobre todo empezar a reconocer que las necesitamos, que lo que hoy tenemos como forma de esparcimiento y diversión nos está arrebatando la salud y la vida.
Cuando las campanas de la iglesia principal suenan, creo que no hay ningún rincón de Costa Rica que se salve de su estruendo. Todas las escuchamos. Generalmente solemos preguntar: ¿quién se habrá muerto? Bueno, debemos aprender a respondernos una pregunta con lo siguiente: se murió una parte de nosotros, y de alguna forma nosotros la matamos. Porque cuando un joven muere accidentado o víctima de los estilos de vida de Costa Rica, hay la responsabilidad de una familia que toleró y consintió, de una autoridad que no lo detuvo o infraccionó, de amigos que toleraron y fomentaron, de nosotros que normalizamos. Así, que cuando pregunten por quien suenan las campanas de la iglesia anunciando un fallecimiento, debes de saber que también suenan por ti. Por todos.
Alfredo Brambila. Licenciado en Politicas Públicas. Campeón nacional y estatal de debate y oratoria. Ensayista. Coordinador del área de análisis y asesoria del Secretariado Ejecutivo del Sistema Estatal de Seguridad.