“Los niños no saben nada aún, pero vieron a su papá empacar sus cosas para irse de la casa”, así musitaba con un hilito de voz, aquella mujer que guardo en mis recuerdos, al contar sobre su separación, a su grupo más cercano de amigas. En aquel momento yo era una niña, escuchando una conversación que apenas si logré entender. Después, las miradas de las demás adultas se comunicaron en un silencio y sincronía absolutos, dándonos la orden al unísono de salir a jugar, a todos los niños que estábamos cerca. Era una conversación no solo entre adultos, era un suceso demasiado confuso y turbulento hasta para quien lo vivía de cerca. Y las separaciones son eso, precisamente, un pasadizo dentro de una casa que nunca pensamos que existiría, y que, de existir, no queremos transitar por ahí nunca.
Y todo ello, despejando en la ecuación, las ideas sobre el amor que pudimos construir. Nadie anhela por supuesto, el final de una historia, ni de manera abrupta ni tampoco un desenlace anunciado. Esperamos, por supuesto el continuum de la felicidad para siempre. Y en algún punto nos convencimos de ello. ¿Quién en su sano juicio no querría eso para su vida? Y es por ello, que nos paralizamos frente al escenario. ¿En qué parte del guion era que estaba semejante caos?
Nuestros hijos nos leen sin que nos demos cuenta, si, aunque sean muy pequeños. Los seres humanos podemos entender el lenguaje no verbal desde que tenemos muy pocos meses de vida, por tanto, imaginemos como nos decodifica un pequeño de tres o cuatro años. Nos han visto pelear, nos contemplan en todas nuestras facetas (cuestión importantísima en el desarrollo saludable de un niño) nos conocen enojados, frustrados, desolados y tristes. Y cualquier estrategia por sencilla o descabellada que se nos ocurra para ocultar estas emociones será un total fracaso. Los niños saben pues, que papá se ha ido. Que discutimos y que, después de dormir en el sofá varias noches, sus cosas ya no están. Se ha despedido amorosamente y ha dicho que volverá pronto, (eso si tenemos suerte de que papá atine en despedirse), porque otro papá salió “por los cigarros”, y muchos otros no salieron ellos, sino que mamá es la que guarda las cosas en maletas para después decirle a los niños que van a casa de la abuela por unos cuantos días que se convierten en años. Otra mamá en algún lugar del mundo se va sola, y no regresa. Todas las historias son posibles. Son humanas.
No hay buenos ni malos en todas esas historias, hay respuestas y conductas lamentables, desgarradoras o confusas. Pero ojo, cuando somos niños, nuestra lógica naturalmente nos llevará a ver “villanos” y “héroes” en todas las historias. Porque así, el niño necesita ver el mundo durante un rato, y papá y mamá poco a poco deberán agregar al universo de ese infante, los tonos grises, esos, que derivan de la desdicha y de la algarabía también: para ver el mundo tal y cual es, como un TODO. En algún momento, ese código amoroso que se desvirtuó en sus formas de comunicar para una pareja, se permea con crueldad hacia los más pequeños de la casa. Circunstancias, palabras hirientes, sucesos. Infinidad de pasajes que parecen imposibles de procesar. Y sentimos que hay dos caminos: O le ocultamos todo a los niños, o incluso los hacemos parte con los típicos “mira, como no le importamos a tu padre” o “mira como se ha puesto tu madre”. Contaminamos así, su percepción, para ganar fieles seguidores y sentir que hacemos todo bien, que somos víctimas del otro. Ese otro que nosotros escogimos y que no podemos ser dueños ni de sus decisiones y voluntades, ni anteriores ni presentes. Y ahora el niño que me observa, piensa que debe posicionarse en algún lado: “a favor” o “en contra”. Si no es justo ahora, lo hará al crecer. Si, será un aliado incansable, un detractor de uno de sus padres, el que más se haya equivocado. “¡Y es así porque me ama y me entiende!”-decimos-, y así nos vamos convenciendo de que nuestro luto, lo tendrá que vivir a nuestra manera, no siendo suficiente que a ese niño, de un momento a otro, su realidad también, se le cayó a pedazos.
La pregunta más importante es: “¿Cómo les voy a decir a los niños que nos vamos a separar?”, pues, de hecho, lo haremos con dolor. Pero cuidando su corazón. Las palabras que usemos se grabarán en su memoria, y en sus referencias más profundas, nuestras lágrimas también, pero ellos pueden entender que eso duele, que son acompañantes, más no causantes ni los “juguetes” de la situación. Les diremos que intentamos de muchas formas volver a entendernos, que lo hicimos con todas nuestras fuerzas, pero que al final, resolvimos en estar bien. Y que papá y mamá los aman (y no solo ese día, sino todos los días venideros). Les diremos que pueden preguntar y decir cómo se sienten. Y que estaremos ahí, cuando duela, cuando sea difícil. Que hablaremos sobre ello, cuando lo necesiten…La tremendísima labor titánica que nos espera ha comenzado apenas. Pero es para un bien mayor: la salud mental de nuestros hijos. Si guardamos silencio sobre una separación, recordemos que también, es un mensaje, y uno muy contundente. Me aísla, me lleva a creer que a nadie le importó avisarme, me lleva a moverme con el dolor dentro, como si estuviera prohibido parar y ver el camino. Y si me ha costado andar ese camino acompañado, solo será en verdad un suplicio.
Los adultos, como los niños, necesitan sus redes de apoyo en las rupturas. La vida misma siempre trae cambios y transiciones. Enfoquemos nuestro amor, a los pasajes donde los niños más lo necesitan. Para lo alegre, naturalmente, encontrarán las formas.
Fabiola Rivas Inzunza es Psicóloga por la Universidad Metropolitana de Monterrey, actualmente, es terapeuta en el Centro de Apoyo Psicoterapéutico, atendiendo niños, adolescentes y adultos. Forma parte del programa de inclusión educativa en una institución privada e imparte talleres virtuales sobre el reconocimiento de emociones en niños.