John Davison Rockefeller fue un visionario, un loco y un cobarde que fue valiente. Así, con esas palabras. A la edad de 16 años, fue asistente de contabilidad de una de las empresas más importantes de Estados Unidos. Los números los había aprendido de una vasta biblioteca que su padre le había permitido conocer a temprana edad. La audacia que tenía, pues bueno, esa venía de una formación religiosa muy rigurosa, que en realidad no era otra cosa que la idea de trabajar duro, pidiendo a Dios que las cosas le fueran prósperas. En todo caso, también fue un cobarde. En cuanto inició la Guerra Civil en Estados Unidos, decidió no irse a la Guerra y pagarles a otros para que pelearan por él.
Pero hay que ser cuidadoso con la concepción de esa cobardía. Más bien, era suficientemente inteligente para saber que no era bueno para la guerra, pero sí un genio para los negocios. Recordemos que la astucia significa elegir las batallas que se van a pelear y Rockefeller ya había elegido la suya: el comercio.
El que él decidiera no usar el fusil y no tomar partido en una de las Guerras más complejas de la historia de la humanidad, no lo hacía ningún blandengue. Lo demostró en cientos de decisiones corporativas, en las que se vio como un tiburón, gigante y hambriento. No por nada labró el consorcio petrolero más grande de toda la historia, derrotando a uno por uno de sus competidores. Su sagacidad, su ambición y su capacidad para lograr lo que quería eran legendarias en aquél Estados Unidos de finales del siglo XIX.
Rockefeller no era un filántropo ni mucho menos era un santo. Supo perfectamente lo que quería desde los 16 años. Era una máquina para los negocios, pero no en el sentido figurativo. Más bien, sabía que, para pelear contra sus competidores, solo contaba consigo mismo. Y con su propio cerebro. Por eso, cuando después de trabajar 4 años en esa empresa, solicitó un aumento que le negaron, supo que lo suyo no era ser un empleado. Él conocía su valor y sabía que la única forma de lograrlo era, precisamente, ser empresario, no empleado.
No siempre fue multimillonario. Sus orígenes a veces parecen prologar más bien un golpe de suerte. Pero, siendo honestos, ¿acaso la suerte no juega un papel relevante en las decisiones de un emprendedor? Su padre era un comerciante mediano, que los abandonaba a él y a su familia durante meses. A veces tenían que vivir de prestado. Pero eso no lo hizo sentirse menos o disminuyó su ambición. Al contrario, Rockefeller sabía que se podía, aún en medio de las adversidades, brillar.
Pues bien. Audaz y joven, después de haber trabajado más o menos 6 años la empresa que le negó un aumento, decidió meter sus ahorros en un negocio del que nadie sabía absolutamente nada: el petróleo. Estamos hablando del siglo XIX, en medio de la fiebre del oro, en medio de la revolución industrial y, sobre todo, en una lucha sangrienta de las principales potencias económicas por dominar la tecnología, motor de la riqueza para ese momento de la historia.
Para ese momento, el ser humano había casi desaparecido a uno de los animales más bellos de los océanos: las ballenas. El aceite de estos hermosos animales alumbraba las calles de las ciudades más importantes. También daban calor a las familias en los inviernos más crueles. Pero para obtener ese aceite, había que matar cruelmente a las ballenas. El ser humano se convirtió en un depredador: queríamos obtener a como diera lugar ese aceite para ganar dinero.
No podemos juzgar a esos tiempos con la moral de nuestros días. Imaginemos lo que podía provocar semejante desesperación en un hombre para embarcarse meses en el mar, enfrentando tormentas, caprichos del océano y enfermedades, solamente para matar a un animal feroz, salvaje e indomable como una ballena.
Rockefeller creció en el caos. Lo protegía su Fe, la misma que le daba un fundamento moral, una brújula existencial que le permitía ser cruel y a la vez, visionario. No quería revoluciones sociales, no aspiraba a filosofar sobre la vida. Su única misión en este mundo era usar sus talentos para prosperar. Ni era Nietzsche buscando respuestas ante las preguntas de la vida, ni tampoco era un Adam Smith intentando encontrar las leyes que describieran al mundo.
El petróleo había sido descubierto años antes. Un Coronel del Ejército de Estados Unidos, Edwin L. Drake, había descubierto el primer pozo de oro negro, pero, además, la manera de procesarlo y venderlo como sustituto de del aceite de ballena. Su procedimiento llamó la atención de muchos inversionistas, que miraron un nicho en donde antes solo había un líquido negro, apestoso y feo.
Rockefeller estaba ansioso de encontrar algo que cambiara las cosas. No era un científico, ni era un militar ni un político. Solo sabía una cosa: la eficiencia significa producir algo a menor costo y en mayor volumen. El petróleo cumplía esas cualidades.
Entonces, le metió lana a una pequeña refinería de Cleveland. Pero se dio cuenta que para dominar el mercado era CRUCIAL dominar toda la cadena de producción. Esto significa controlar todo: producción, transporte y comercialización.
Su primer adversario fue el famosísimo y súper poderoso Cornelius Vanderbilt, el barón del ferrocarril. Un hombre de 74 años, que pensaba que un tipo de 29 años era todo, menos un adversario de respeto. El problema era que Rockefeller no podía comercializar el petróleo sin tener que usar la red de trenes de Vanderbilt. Y el señor Cornelius era, literalmente, un barón. Un hombre sumamente poderoso, con dinero, alcances políticos, influencias e infraestructura.
Rockefeller, el que había evadido el servicio militar, el que había declinado ir a la Guerra, ya había elegido su batalla. Y no precisamente contra el adversario más sencillo. Eligió a un Goliat, a uno de los hombres más poderosos de la América del siglo XIX.
Era tan complejo como simple: o Cornelius dejaba de cobrar tarifas tan altas por usar su red de trenes, o el negocio del petróleo no podría florecer, puesto que ningún dueño de ninguna compañía podría exportar a gran escala si tenía que pagar tanto por metro cúbico del oro negro.
Era vencer o morir. Así, como la enorme historia bíblica: David contra Goliat. Pero Rockefeller era hábil, y, sobre todo, paciente. Entendía el entorno en el que vivía. Supo leer su presente sin agitarse. Encontró en su alma la inspiración suficiente para controlar los acontecimientos.
Es simple. La Economía Industrial generó un aumento desorbitado de la demanda de todos los bienes, lo que, a su vez, provocó un incremento en la producción de todo. El mercado era un desorden, pero un desorden que requería control. Todos los sectores estaban fragmentados. No existía estabilidad porque eran muchas piezas jugando al mismo tiempo. El mercado se autorregula (algo que los socialistas nunca entendieron), y en ese proceso, se genera un orden creativo. Rockefeller sabía que el petróleo iba a aumentar su demanda, pues cada vez era más difícil encontrar ballenas.
Su jugada era obvia. Compró el mayor número de refinerías posibles, se asoció con otras, y encontró aliados en pequeños concesionarios del ferrocarril que odiaban el monopolio de Vanderbilt. Tardó dos años en conformar una estructura de alianzas, de concesiones, de favores y de simpatías. Fue paciente, ágil, constante y, sobre todo, nunca se dejó intimidar por su principal adversario.
Astuto, Rockefeller esperó lo inevitable: el Ferrocarril entraría en crisis si no era capaz de encontrar aliados, puesto que, ante una caída en la producción de cualquier insumo, la cuota de ganancia disminuía. De igual forma, si había sobreproducción de petróleo, la ganancia de las empresas refinadoras disminuiría, puesto que las cuotas de pago de transporte seguirían iguales.
Este hombre supo que, para controlar, tenía que entender cómo funcionaba el mercado. Buscó a los inconformes. Se alió con sus pares. Desafió a su enemigo. Controló la cadena: generó un monopolio. Tenazmente aisló a su adversario. Una estrategia que sería su característica de vida y de negocios.
Vanderbilt se vio rebasado. Su capacidad para controlar a todos los mercados se desbordó porque no pudo controlar a uno solo: el del petróleo. Rockefeller ganó: él y nadie más que él dictaría el costo de producción, el costo de comercialización y el costo de venta, y, por tanto, controlaría lo más importante: la ganancia del negocio. En solo dos años, un hombre de más de 70 años había perdido la batalla comercial más grande en 200 años a manos de un muchacho de 30 años.
Estados Unidos pasó de una economía agrícola a una industrial en menos de 3 décadas. Pasaron tres cosas para que así sucediera: el petróleo, la Guerra Civil y el señor Rockefeller.
Pero, sobre todo, le debemos a su ambición capitalista el que las ballenas dejaran de ser explotadas, y, por tanto, salvadas. Tardaron más o menos 100 años en dejar de estar (salvo algunas especies), en peligro de extinción. Si Rockefeller no le hubiera ganado la guerra a Vanderbilt, hoy no miraríamos ballenas en el océano. Y encuentro eso, hermoso.
Rockefeller luego se convertiría en un Vanderbilt del petróleo. Usando el dinero para mantener poder, generando caos en países con yacimientos petroleros, evitando la competencia en el sector. Sí, cayó víctima de su propia obsesión: él quería ser el único para florecer, evitando que otros lo hicieran.
El virus.
Este 2020 es cabalístico. Hemos visto lo imposible. En 2003, hace casi dos décadas, el precio del petróleo llegó a más de 140 dólares. Este año, vimos a un barril de petróleo cotizar en negativo. Sí, en – 30 dólares. Literalmente, te pagaban por guardar un barril. Sí, así como se lee. (De no haber sido por Rockefeller, el barril de aceite de ballena estaría, según algunos economistas, en 1 mil 500 dólares, para 2003).
La razón tiene que ver con el esquema de contratos a futuro y su vencimiento. Si te quedas con un contrato de petróleo, estás obligado a venderlo al precio final del mercado. La producción en marzo fue cinco veces superior a la demanda, puesto que, ante la Pandemia, el oro negro dejó de ser necesario. Imaginen la cantidad de vuelos cancelados, la caída en la demanda de gasolina, la contracción en la producción industrial.
En medio de esto, consideremos la Guerra de precios petroleros entre Arabia Saudita y Rusia. Pero sumemos algo: Estados Unidos es YA en estas fechas, superavitario de producción. Es decir, la economía más importante del mundo ya no importa petróleo, le sobra. Esto gracias a la tecnología (controversial, por cierto), del fracking.
Es decir, en un mismo año, vimos caída en la demanda (por el cierre de la economía ante el COVID19), y por otro, sobreproducción por cuatro potencias: Arabia Saudita, Rusia, Estados Unidos y China.
El petróleo dejó de ser negocio. Sí, así como se lee. Y no, esto no significa que dejará de ser necesario para producir cosas. Como le expliqué a un amigo obradorista: no wey, no significa que el petróleo vaya dejar de necesitarse para producir plástico o combustibles. Significa que la relación costo de producción versus utilidad es menor, por lo que el mismo mercado va a buscar invertir en industrias que sean más eficientes y a la vez, más rentables.
Entiendo que a muchas personas les resulte extraño esto. Pero es simple y lo explica el comportamiento de otro producto. Producir computadoras es más costoso que máquinas de escribir. Es cierto. Pero la funcionalidad de una computadora supera con creces a una máquina de escribir. Por eso el mercado consideró que había que producir computadoras, no armatostes como la Lettera 75 (esa cosa fea y rara que todos los nacidos en los 80´s tuvimos que aprender a manejar).
El petróleo gradualmente está siendo sustituido como combustible, (Tesla está produciendo carros eléctricos a gran escala y ya se le sumaron Honda y Toyota). Pero, además, como insumo para plásticos (hay una creciente industria de reciclaje, además de sustitutos químicos que están comenzando a ser producidos a gran escala).
No, no nos salvó del mundo contaminante y contaminado el activismo ecológico. Lo que está sucediendo es un asunto de mercado igual que con Rockefeller: es costoso, caro y poco eficiente producir plástico o gasolina.
Estamos viendo el alumbramiento de una época diferente, una transición similar a la que vivió Rockefeller del aceite de ballena hacia el petróleo. Estamos viendo el inicio de un momento de la historia totalmente diferente: un mundo que habla de conceptos como economía circular; que refiere a temas relacionados con reciclaje, desarrollo sustentable, entre otros.
Los locos y el futuro.
Creo en los locos. Creo en esos que quieren cambiar las cosas, porque no están convencidos de que así, sean las mejores cosas. Esa es mi manera de pensar, mi convicción permanente de revolucionar las cosas, la cantidad de cosas que explico para convencer a otros de que el futuro es todo, menos lo que pensamos que será.
El mundo necesita, con urgencia médica, gente que vaya contra los caminos convencionales. Gente que se atreva a desafiar al status quo. Gente que abra brechas donde no hay siquiera senderos. Gente que se empodere de sí misma y que prefiera, mil veces, hacer algo original que repetir el patrón de una sociedad limitada por sus propias carencias.
Estamos ante una transición energética compleja, quizá más que la de Rockefeller, pero que tiene similitudes con esa época. El mundo pertenece a quienes se atrevan a entenderlo, aunque eso a veces asuste.
Construir refinerías en este momento es absurdo. Es regresar a un pasado ya superado por la historia. Lo que sigue, lo que se necesita, es entender las maneras de comprender este gran macro evento que significa la transición energética.
México debería de enfocar su enorme talento humano y científico hacia tecnologías limpias. Deberíamos de quitarnos el cliché histórico de que el petróleo nos salvará de la carencia y nos acercará a la abundancia. Eso es falso. Lo que nos hace mejores es el talento, el ingenio, la manera en que podemos enfrentar las adversidades.
Amo a mi país. Si hay una motivación en la que leo y estudio tanto, es porque entendí temprano en mi vida que los problemas que vive México, no son sencillos ni simples. Y no se resuelven con soluciones simples, con frases hechas como “todo es culpa de la corrutsión”. Los problemas requieren gente inteligente, ciudadanos informados, capaces, disruptivos, capaces.
Estamos ante la mayor transición energética de la historia en cien años. ¿Qué haremos con país, en medio del caos? ¿Seguiremos pensando que todo se trata de “perforar un pozo y sacar petróleo”? ¿Impulsaremos tecnologías verdes para combatir el cambio climático? ¿O seguiremos justificando la incapacidad de entender al mundo del futuro, porque los de antes tuvieron la culpa de todos nuestros fracasos? ¿Dónde están los nuevos Rockefeller: en las ideas, en los negocios o en la política?
Óscar Rivas es Economista Maestría en Negocios Globales por la Escuela de Negocios Darla Moore de la Universidad de Carolina del Sur. Maestría en Administración de Negocios por el Tecnológico de Monterrey. Egresado del Programa de Georgetown en liderazgo e innovación y del Curso Emerging Leaders de Executive Education de Harvard. Cofundador de Chilakings Sinaloenses. Emprendedor, Maratonista y escritor.