Era viernes 17 de octubre de 2019. Me encontraba en Querétaro, tomando un diplomado sobre mecanismos de financiamiento para Organizaciones de la Sociedad Civil en el marco de la Agenda 2030 de los Objetivos de Naciones Unidas. Mi celular comenzó a sonar de manera abrupta, interrumpiendo a la ponente. Con vergüenza, tuve que salirme del salón de la conferencia para tomar una de las llamadas más angustiantes que he recibido en mi vida.
El desastre en Culiacán había comenzado. WhatsApp no dejaba de entregarme mensajes de desespero, de miedo, fotografías de mujeres y hombres en medio de los puentes de la ciudad, echando cuerpo a tierra con sus hijos para evitar las balas. Tuve miedo. Lo primero que hice fue llamar a mis padres. Le pedí a mi madre que cerrara con llave su casa y que se alejara de las ventanas. Traté de localizar a mi padre, pero la llamada nunca entró, provocando que mi tensión y preocupación aumentara a niveles que jamás había sentido. No fue sino hasta una hora después que pude saber que estaba bien y a salvo.
Culiacán pasó en dos horas de ser una de las ciudades más florecientes del Noroeste de México a estar en la misma desgracia que Siria, azotada por una guerra sin fin. Los grupos de WhatsApp eran expresiones de auxilio. Todo mundo pasó en quince minutos del morbo que provoca una balacera en sectores muy localizados de la ciudad, a ser presa del miedo, del más profundo de los miedos. Ahora sí, la violencia se había desbordado y todos en todos lados estaban desesperados. Padres y madres tratando de decidir cómo ir por sus hijos a las escuelas, esposos tratando de comunicarse con sus esposas, empresarios tratando de decidir cómo proteger a sus trabajadores. Vivimos la violencia en la más depredadora de sus expresiones, la que amenaza con el daño a quienes más amamos.
Las imágenes perduran en la memoria de todos. Automóviles y autobuses quemados, bloqueando las que antes eran avenidas tranquilas. Hombres encapuchados amenazando, quitando la libertad, violando cualquier derecho constitucional. Culiacán estaba secuestrada por el mal. Un mal que durante más de cuatro décadas se ha venido banalizando por todos. Un mal que ha penetrado en todo, en la política, en los negocios, en la vida cotidiana. Un mal que se ha potencializado por la indiferencia, por la apatía, por la conveniencia, por la incapacidad de construir narrativas sociales distintas.
Ese 17 de octubre, vimos a ese mal apoderarse de todo y destruir con ello, al esfuerzo individual, a la tranquilidad familiar, a la esperanza colectiva. Quedaron rebasados los discursos oficialistas que nos decían que la ciudad estaba bien mediante propaganda gubernamental que ocultaba la realidad: Culiacán, la ciudad donde madres están caminando predios para encontrar los restos de sus hijos. Culiacán, la ciudad donde matan y asesinan mujeres. Culiacán, la ciudad que oscurece su propio camino con sus malas decisiones, con su reivindicación de villanos.
A nivel internacional, el estigma había venido gradualmente cediendo ante el esfuerzo de mucha gente por mostrar el rostro humano, el del esfuerzo constante y el de personas que han destacado en la ciencia, el arte o el deporte. Ese día, sin embargo, todos esos esfuerzos fueron masacrados. Cada bala significó que el mal estaba vivo, que era más fuerte, que no importaba cuantas veces un culiacanense destacara, siempre, siempre, el mal iba a demostrar que era inevitable, inconmensurable, invencible.
Ese día, todos vimos caer a una ciudad y a sus sonrisas. Vimos desvanecerse en nada a las esperanzas. Vimos que la realidad nos había golpeado la cara. No éramos lo que creíamos, porque nunca habíamos luchado contra lo que en realidad somos.
La indiferencia e incapacidad de las autoridades locales quedó de manifiesto cuando apenas, con un torpe y mal redactado boletín, pedían tranquilidad a los ciudadanos. No, no salieron a dar la cara. No, no salieron a explicar que pasaba. Lo peor de todo es que su incapacidad reflejaba que ellos también tenían miedo. Que no podían enfrentar al mal, por más que quisieran. Que no estaban preparados para hacerlo. Que durante cuatro décadas toleraron, fueron omisos y hasta cómplices de su perversidad.
En menos de 20 minutos, el Penal de la ciudad fue abierto por criminales. Salieron campantes aquellos que habían asesinado, violado, ultrajado. Culiacán era un rehén y como tal, cualquier cosa era permitida para chantajear, presionar, imponerse.
La autoridad federal parecía irrelevante. En medio del caos, Culiacán era para ellos, simplemente un asunto incómodo. Señales confusas, declaraciones contradictorias, indiferencia. Si en la tragedia de Ayotzinapa, el Gobierno Federal de Peña Nieto escribía sobre el día mundial del árbol, en el Culiacanazo, el Gobierno Federal de López Obrador hablaba de fifíes y neoliberales.
Eso fue lo que hizo el Gobierno Federal mientras mis amigos, mi familia y mi gente pasaba por una situación similar a la de una Guerra. En entrevista concedida al periódico La Jornada, el mismo Presidente Obrador reconoce que tomó la decisión de todos conocida para evitar la tragedia, y luego pasó a dormir a las 10 de la noche. Así, sin el menor de los escrúpulos.
El día siguiente representó el mayor triunfo del mal. La ciudad que cada sábado se despertaba para ir a parques, para abrir negocios, para trabajar desde muy temprano, quedó vacía, silente, refugiada en sus casas. Detenida por el tiempo, la ciudad estaba herida. El humo de los vehículos quemados, los cristales rotos de los negocios, los sonidos de las armas que seguían imparables, eran evidencia de que la pesadilla del día anterior había sido real.
Asistimos al silencio y la ausencia como llanto. Al miedo que prefiere olvidar para no regresar al trauma. Los ojos que se cierran, el sueño después de la tragedia. O los memes que tratan de usar al humor para crear catarsis y a veces, el torpe intento de reírse de la tragedia ante la incapacidad de superarla.
No hay, no hubo y no habrá castigo a los responsables. En países desarrollados, por menos que eso, un gabinete entero renuncia. Pero en México solo bastó para decir que de alguien había sido la culpa, pero nadie el responsable. Entre tantos pretextos, la responsabilidad se diluyó y terminó por desvanecerse. En el discurso presidencial, el tema había sido superado “heroicamente” porque se tomó “una decisión de Estado” y “evitar tragedias”. Había que regresar rápidamente al discurso de todos los días, donde los conservadores eran los malos, donde el béisbol y la Serie Mundial si tenían relevancia.
¿Hay Esperanza?
El Culiacanazo debe permanecer en la memoria de todo México, como testimonio de lo que tenemos que combatir. Como un recuerdo de aquello en lo que no debemos otra vez, convertirnos.
Ni la clase política, ni la élite empresarial han estado a la altura del reto. Solo vemos autocomplacencia de los Partidos Políticos, que por un lado únicamente ofrecen paliativos sociales en vez de crear políticas públicas. Liderazgos públicos más pendientes de encuestas de popularidad que de crear condiciones para que la desigualdad y la pobreza sean superadas.
Cada tres o seis años, la conversación pública no es sobre proyectos e ideas, sino sobre personas e intrigas. Sobresale el nombre de quienes están interesados sobre las candidaturas públicas, pero no sobre soluciones a los problemas comunes.
No creo que el Gobierno sea la solución por sí mismo, pero sí creo que puede ser un actor de cambio relevante, revisando su rol y su intervención en la educación y en políticas públicas de combate a la pobreza. Sinaloa sigue siendo uno de los tres estados que sigue sin tener Ley de Desarrollo Social, por ejemplo. Sin un marco normativo sólido, es imposible construir una verdadera política social. No podemos evaluar sus efectos, puesto que sigue sin existir una Agencia Pública para ello. Seguimos entregando despensas, como si esos paliativos resolvieran las enormes desigualdades entre regiones. No tenemos tampoco una Ley que proteja a los jornaleros agrícolas, siendo uno de los tres estados que más población de trabajadores del campo recibe. Abrimos muchos estadios, caros y feos, pero no hemos sido capaces de acabar con las escuelas de cartón.
Estamos atrasados en conversaciones cruciales para el futuro, como la del Cambio Climático. Natalia Lever, Directora de la Fundación Al Gore contra el Cambio Climático nos decía hace unos días que Sinaloa sigue sin tener un catálogo actualizado de emisiones de gases contaminantes. En materia de Derechos Humanos, la entidad está igualmente rebasada, ante el terrible fenómeno que significan las personas desaparecidas.
Y es que, en realidad, el tema no solo es estatal. Todo México sigue atrapado por la narrativa política de la autocomplacencia, por autoridades políticas de todos los partidos, que anulan los problemas, construyendo mediante propaganda, ficciones que terminan rebasadas por su incompetencia.
Culiacán son todas las ciudades de México que padecen la violencia. Culiacán es Ciudad Juárez y sus asesinadas. Es Toluca y sus feminicidios. Y es, terriblemente, todas y cada una de las más de mil ciudades en un país que aún está muy lejos de cristalizar la paz.
¿Hay esperanza? Culiacán es más grande que esa tragedia, pero tampoco podemos caer en la negación de las dolorosas heridas que nos dejó ese día. Hay mucho que curar, mucho que sanar y mucho que hacer. Depende de cada uno que seamos capaces de evitar que nuestra historia colectiva olvide que ese día, 17 de octubre de 2019, una ciudad fue víctima del mal que no se quiso combatir en 40 años.
Frente a los aplausos de autoconsumo de la clase política en todos sus niveles, hay una realidad que supera la ficción. Pero también, hay gente que está elevándose por encima de esas narrativas superficiales. Seamos de esas personas que, con su esfuerzo, empujan a una ciudad distinta. Que curan las heridas sociales, participando en ayudar a los necesitados. Que colaboran en recuperar espacios verdes, en enseñar cómo abrir una empresa, en organizar apoyos para las familias que tienen enfermos. Veo con agrado, que se han multiplicado los Colectivos de Ciudadanos para difundir el Arte, la Cultura, el Deporte. Comparto el esfuerzo de varios colectivos LGBT, por ejemplo, por empujar la normalización y legalización del matrimonio igualitario.
Hay una agenda ciudadana que muchos actores políticos ignoran porque están metidos en seguir empujando formas ochenteras de hacer política. Ignoran que el futuro y los desafíos que nos está poniendo el Covid-19 son más complejos de lo que jamás hemos enfrentado.
Esa sociedad civil, en las que están organizaciones como Kybernus, Tomato Valley, los Colectivos Feministas, Ciclos Urbanos, el Botánico de Culiacán, Parques Alegres, las Instituciones que forman parte de la Junta de Asistencia Privada, Iniciativa Progresista, la Sociedad Artística Sinaloense, GANAC, APAC, Sabuesas Guerreras, son luciérnagas en medio de la oscuridad y del caos. Son las expresiones de que hay cura, de que hay esperanza. Son las voces que siguen combatiendo al mal, a pesar de que el mal parece invencible. Son la resistencia y la muestra de que se puede ser valiente de manera pacífica.
No hay respuesta sencilla para procesar y cambiar lo que viene. De lo que, si estoy seguro, es que no soy el único en Culiacán y en México que piensa de esta forma. Y que, por encima de la narrativa política oficial, muchas y muchos estamos dispuestos a transgredir, a pensar diferente, a empujar un cambio que surja de lo más bello que tiene el país: una intensa, inmensa e inconmensurable defensa de la libertad y de la esperanza.
Óscar Rivas es Economista. Maestría en Negocios Globales por la Escuela de Negocios Darla Moore de la Universidad de Carolina del Sur. Maestría en Administración de Negocios por el Tecnológico de Monterrey. Egresado del Programa de Georgetown en liderazgo e innovación y del Curso Emerging Leaders de Executive Education de Harvard. Cofundador de Chilakings Sinaloenses. Emprendedor, Maratonista y escritor.