La elección del pasado martes 3 de noviembre en Estados Unidos fue compleja. Suficientemente cerrada para no declarar un ganador contundente al finalizar el día y tan llena de elementos controversiales y sin precedente, que polarizaron más a dicho país.
Dos estilos y visiones de ver a la política se confrontaron: Donald Trump, el populista que resuelve el mundo usando Twitter y que no permite que sus adversarios puedan increparlo, acusándolos con adjetivos poco educados; y Joe Biden, un hombre formado y forjado en la visión clásica de Washington, la de un país que cree en las instituciones y en los procesos, la de conceder al adversario derecho al disenso pero que es implacable para utilizar el aparato legal con tal de ganar una batalla política.
A Donald Trump no le ayudan los números de su gestión: el país más desarrollado del mundo, el faro de la democracia, el paladín de la justicia, es hoy el que encabeza la lista de contagios y fallecimientos por COVID-19. Tampoco le sirvió el moderado crecimiento económico previo a la Pandemia. Hoy, en Estados Unidos, la catástrofe económica ha generado más de 17 millones de desempleados, además del cierre de negocios y un enorme problema de liquidez para pagar créditos.
Biden lo entendió bien. Enfocó su artillería de campaña en tres elementos: atacar la torpeza de Trump para manejar la Pandemia, señalar la incapacidad para gestionar la Economía y recurrir al voto de los migrantes y sus hijos, ante el discurso de rispidez con la que Trump atacó a las minorías.
La Pandemia fue otro factor importante. El 70 por ciento de los demócratas decidieron (quizá por un entendimiento más científico del problema del COVID-19), enviar sus votos por correo. Por el contrario, el 70 por ciento de los republicanos decidieron votar en las urnas. Esto significó que cuando las urnas ya habían terminado de contar los votos, hubiera un ganador, pero cuando se recibieron los votos por correo, ese ganador cambiara.
¿Qué influyó en el votante de Estados Unidos? Muchas cosas, tantas como las diferencias existentes en dicho país. La Unión Americana es un conglomerado muy complejo en donde cada estado tiene dinámicas políticas muy complejas y distintas, además del elemento demográfico, pues cada población tiene presencia distinta en cada región.
En Florida, el Partido Republicano incrementó su votación de manera significativa en la población latina, salvo en el condado de Miami, en donde Biden ganó con un margen importante. Los puertorriqueños, los venezolanos y los cubanoamericanos votaron por la narrativa anti socialista que Trump construyó, recibiendo a Guaidó, el Presidente opositor al régimen de Maduro.
Arizona, por el contrario, que tradicionalmente ha sido uno de los estados republicanos más emblemáticos de Estados Unidos, está en una posición reñida, donde apenas 12 mil votos (aún en disputa), le dan el triunfo a Biden.
Dos elementos se conjuntaron en este estado para que el Partido Demócrata diera un vuelco impredecible: el trabajo de Cindy McCain, viuda de John McCain, quien fuera candidato en las elecciones de 2008 y perdiera contra Barack Obama. John era muy apreciado por el Partido Republicano de Arizona y es legendaria su crítica abierta y frontal a las decisiones de Donald Trump, quien terminó por insultarlo y ningunearlo públicamente.
Biden, por el contrario, conquistó el voto de la clase media, de los intelectuales, de los emprendedores y de los universitarios. Creo que el primer debate fue decisivo, pues mostró a un político respetuoso de las formalidades, a un hombre Presidencial, capaz de dialogar con clase y diplomacia, con terciopelo para negociar, a diferencia de las rudezas broncas de Trump.
Sin embargo, cuando nos vamos a la lectura cuantativa del problema, también entendemos que la polarización política es, en esencia, polarización económica. Datos del Metropolitan Policy Program, muestran que Biden fundamentó su victoria en los 500 condados más económicamente desarrollados de Estados Unidos, aquellos que concentran el 70 por ciento del PIB.
Por el contrario, Trump ganó en 2,400 condados que apenas concentran el 30 por ciento del PIB. (Recomiendo ampliamente la lectura de este estudio, es revelador de la crispación y de la desigualdad económica, puede ser consultado en https://www.brookings.edu/blog/the-avenue/2020/11/09/biden-voting-counties-equal-70-of-americas-economy-what-does-this-mean-for-the-nations-political-economic-divide/).
Estos datos validan la tesis de Harari en el libro 21 Lessons for the 21st (que ya he venido comentando en anteriores artículos), acerca de que la actual coyuntura mundial es en esencia, una guerra cultural en donde el liberalismo político (representado por Biden), ha sido incapaz de proponer soluciones a las complejidades sociales provocadas por los choques de la globalización económica, siendo esto un caldo de cultivo para el Populismo, una especie de ideología que se apropia del sentimiento de frustración de las clases sociales, para empoderar a outsiders en el poder político.
Hay que precisar que la política en Estados Unidos se juega muy diferente que en México. No solamente porque la elección del Presidente es indirecta (gana el que tenga más votos en el Colegio Electoral en donde cada estado tiene un número diferente de votos, en función de la población, número de Condados y número de Senadores), sino también por dos factores: en la Unión Americana no es posible hablar de derechas o de izquierdas y porque además, el Partido Republicano y el Demócrata no funcionan como Partidos Políticos nacionales, obedecen más bien, a una construcción local, en donde cada uno de los estados tiene diferentes entramados de grupos de interés que no siempre coinciden con la decisión del Presidente de cada Político a nivel nacional.
¿Por qué no hablamos de izquierdas o derechas en Estados Unidos? Entre otras cosas por la génesis de dicho país, que sustenta su debate originario en la controversia Jefferson-Hamilton. En esencia, esta discusión se centra en el poder de influencia del Gobierno contra el poder de decisión de los individuos. Hamilton aspiraba a un Gobierno fuerte, centralizado, con un gasto público grande y con un banco central que usara al crédito para mover a la economía.
Jefferson creía más en un Gobierno pequeño, en que los estados tuvieran más autonomía frente al Gobierno Federal y en que las leyes no deberían nunca violentar la libertad individual. Hamilton creía en una interpretación laxa de la Constitución, a conveniencia, pues. Jefferson pensaba que la interpretación de la Constitución debería ser ortodoxa, absoluta en cualquier circunstancia.
Estados Unidos estuvo lejano a la lucha filosófica entre marxismo y capitalismo que se gestó en Europa a mediados del siglo XIX, manteniendo en la Guerra Civil un debate entre la autonomía de los estados y su capacidad para legislar leyes propias, aun cuando estas estuvieran fuera de la interpretación formal de la Constitución.
Europa, por el contrario, con la llegada del marxismo, se involucró en la discusión de las correcciones a los errores del capitalismo y en la posterior generación de un sistema político que tuviera que decidir entre mayor o menor intervención del Estado en la Economía. Inglaterra y Francia confrontaron al Nazismo y al Socialismo con las plumas de diferentes intelectuales y con posturas totalmente diferentes entre sí (Francia creó la Socialdemocracia; Inglaterra, amplió el espectro del Liberalismo Político hacia lo Económico).
Pues bien, además de lo anterior, Estados Unidos está en medio de una lucha cultural contra China. Este macro evento ha sido interpretado por Biden y Trump de diferente forma: El Demócrata cree que es necesario reconectar con los aliados tradicionales de Estados Unidos (Alemania, Inglaterra, la OTAN); por el contrario, Donald Trump ha sacado a su país de la conversación de cooperación internacional, pues dice, todos los aliados se han aprovechado de Estados Unidos, lo que ha significado que los contribuyentes americanos paguen más por el mantenimiento de organismos internacionales.
Esto último ha sido atractivo para el americano promedio: ¿por qué debo pagar de mis impuestos una guerra de la OTAN en un país que nunca va a tener solución como Siria? Trump ha sido hábil para manipular este sentimiento iniciado en la Guerra de Vietnam y la impopularidad interna creciente de que sea Estados Unidos el país que pague y tome decisiones difíciles para equilibrar la geopolítica.
Biden, insisto, lo entiende de diferente forma. Sabe que ganarle a China no es fácil y mira con preocupación la alianza Beijing-Moscú. El gigante americano peligra si el oso y el dragón están juntos (ni siquiera en el régimen soviético ambos países se aliaron durante tanto tiempo: Mao decidió seguir su propia receta comunista sin respetar a Stalin). Por ello, el Demócrata sabe que necesita aliados: Alemania es el motor económico europeo y sin ellos, sería imposible frenar las ansias expansionistas de Vladimir Putin en Ucrania, siendo un país estratégico por ser paso natural del gas asiático a Europa.
En esta inmensa partida de ajedrez, Biden enfrenta dos desafíos, uno doméstico y otro internacional: aunque Trump salga por las “buenas” de la Presidencia, el trumpismo no va a desaparecer y mucho menos, disminuirá su animosidad. Por otro lado, a nivel externo, los tropiezos y heridas provocadas por las decisiones de Donald Trump hacia sus aliados han sido profundas.
Es por ello que el Presidente electo plantea iniciar golpeando la mesa, regresando a Estados Unidos al Acuerdo de París, recuperando el liderazgo en algo que tiene efectos económicos muy importantes para el mundo y contra China, su adversario.
El Acuerdo de París obliga a los países signatarios a disminuir en los próximos años las emisiones de CO2, obligando a toda una reconversión industrial acelerada. De esta forma, los países que aceptan el acuerdo, tendrán que invertir de manera agresiva en tecnologías y energías limpias. Algo que a China en particular le costará más tiempo, más dinero y más trabajo, por su propia estructura económica: las decisiones en el país asiático tienen primero que ser validadas por el órgano de Gobierno del Partido Comunista Chino, de ahí irse a los Comités del Pueblo, de ahí a las Provincias y de ahí a las comunidades.
En el embrollo chino se pierde tiempo, por lo que las sanciones económicas a dicho país son obvias. Rusia, por otro lado, está estructurado económicamente como una oligarquía a la orden de Vladimir Putin. El Acuerdo de París obliga a que las empresas rusas de petróleo inviertan en tecnología, bajo sanciones económicas o imposibilidad de hacer negocios con empresas de los países signatarios.
La jugada tiene su lógica desde la perspectiva geopolítica. Biden vuelve a recuperar el liderazgo en la mesa del pokar mundial, puesto que utiliza lo que tiene: a la economía más importante del mundo y al control de los organismos internacionales.
Bueno, ¿y México? El Presidente López Obrador ha decidido aún no reconocer el triunfo de Biden, argumentando (y dando validez internacional ante la opinión pública americana del fraude), que como a él le hicieron fraude, esperará hasta el veredicto de la autoridad electa. En política no hacer, es hacer. Es decir, no pronunciarse por algo es mandar un mensaje no de imparcialidad, sino de apoyo a un lado. Obrador ha sido enfático en que las energías limpias no sirven, empoderando a la CFE para que recompre carbón, contaminando y produciendo electricidad cara.
Esto ya ha generado la molestia de varios congresistas americanos, que exigieron en carta abierta el pasado octubre, que México haga frente a sus compromisos emanados del TMEC. La carta firmada por 43 legisladores del Senado y la Cámara de Representantes (republicanos y demócratas), y por figuras pesadas en la política americana como Ted Cruz, John Cornyn y John Kennedy, no es una buena señal para el Gobierno mexicano, que puede enfrentar demandas de índole internacional por no respetar los contratos de empresas de Estados Unidos.
Además, la agenda bilateral se ha complejizado, ante el rechazo en una consulta popular (que no tiene efectos jurídicos vinculativos) en Mexicali de la inversión de Constellations Brands, en Mexicali, además de la controversia del agua en Chihuahua, sin mencionar el llamado “muro fronterizo”, que en realidad Obrador construyó en la zona sur de México con la Guardia Nacional. Cabe mencionar, por cierto, que en el Memo de Biden para arrancar en los próximos cien días como Presidente a partir de enero de 2021, los recursos solicitados por Trump para el muro se solicitarán para otros proyectos.
Trump y Obrador se entendían, porque ambos hacían política exterior, mediante la generación de controversias domésticas. Es decir, no veían el tablero internacional. Preferían jugar a la política de manera pueblerina, enfocados hacia la obtención y conservación de la popularidad. Su gran error es que, en economías abiertas, en medio de una globalización tan compleja, el cierre de la política equivale a la derrota histórica. Los grandes líderes siempre asumen riesgos en pro de la defensa de sus países, no cierran sus fronteras ni sus sistemas a la involución nacional.
¿Qué sucederá? Bien, pues Biden es conocido por ser un negociador astuto, no confronta, pero si presiona. Veremos un cambio en las relaciones México-Estados Unidos de manera radical. Un cambio que puede irrumpir de manera importante en los próximos años y en los equilibrios de poder en México. Un cambio en la narrativa política del país vecino siempre genera un cambio en México.
SOCIEDAD BASTIAT.
Este 17 de noviembre a las 5 pm hora de Culiacán, tendremos un dialogo con Lauro Meléndrez sobre su experiencia como empresario. Nos dará tips importantes para tomar decisiones de negocios, además de platicarnos los retos que ha enfrentado a lo largo de su brillante carrera empresarial.
El Presidente del Consejo para el Desarrollo Económico de Sinaloa también hablará sobre los desafíos que tiene Sinaloa para construir un ecosistema emprendedor de alto alcance, en medio de los inmensos retos que produce el Covid-19.
Es nuestro primer evento como Capítulo Culiacán de la Sociedad Bastiat, organismo filial del American Institute for Economic Research, un organismo con sede en Boston, Estados Unidos, que reúne a los catedráticos, empresarios y docentes de economía más prestigiosos de más de 49 países. En México, solamente existen tres capítulos: Mexicali, Ciudad de México y Culiacán.
El objetivo de estos foros es generar conversación económica, corporativa y empresarial de alto nivel, además de promover el intercambio de ideas para mejorar las actividades de los hombres y mujeres de negocios más importantes en cada región.
Agradecemos a NOBIS SINERGIA EMPRESARIAL por ser patrocinador de esta importante conversación, que, sin duda, permitirá a todos los emprendedores conocer estrategias de negocios de viva voz de un empresario exitoso como es Lauro Meléndrez.
El registro podrán hacerlo en este link: https://www.eventbrite.com/e/culiacan-virtual-retos-y-oportunidades-para-los-emprendedores-de-sinaloa-tickets-127064353903
EMPRENDIMIENTO DE LARGO IMPACTO.
Blas Corrales, Omar Galindo, Omar Filippini, Amado Zazueta, Daniel Gallegos y Miguel Valenzuela, además de Alejandro Zazueta, Vicepresidente de Jóvenes CMIC y Miguel Vicente, Presidente de Jóvenes de CANIRAC y varios jóvenes emprendedores del estado, presentaron hace unos días, una iniciativa de reforma a la Ley de Emprendimiento del Estado de Sinaloa.
Esta iniciativa, contempla entre otras cosas, la inclusión del Instituto Sinaloense de las Mujeres en la política de Emprendimiento, el apoyo psicológico y asesoría a jóvenes salidos de las Penitenciarías de delitos menores para que obtengan un crédito para crear una microempresa y la obligatoriedad de que existan apoyos para jóvenes de las comunidades rurales para obtener financiamiento y capacitación para empresas rurales.
De igual forma, contempla el descuento notarial para jóvenes en la creación de Sociedades Mercantiles, la creación de un Sistema Estatal de Capacitación de Emprendedores y un Comité de Empresarios jóvenes a nivel estatal que, de manera transversal, incida y fortalezca el ecosistema emprendedor de Sinaloa.
Estas reformas, de ser aprobadas, van a empujar el desarrollo de un sistema emprendedor innovador que modifique las reglas del juego económico en Sinaloa. Reconocemos en estos jóvenes un gran compromiso por lograrlo.
Óscar Rivas es Economista. Maestría en Negocios Globales por la Escuela de Negocios Darla Moore de la Universidad de Carolina del Sur. Maestría en Administración de Negocios por el Tecnológico de Monterrey. Egresado del Programa de Georgetown en liderazgo e innovación y del Curso Emerging Leaders de Executive Education de Harvard. Cofundador de Chilakings Sinaloenses. Emprendedor, Maratonista y escritor